Todos nos creemos con todos los derechos del mundo. Salvo uno, el derecho a defenderlos. Este habilmente se lo cedemos a otros,a los que ademas exigimos aquello de lo que nos disculpamos a nosotros mismos.
Toleramos mejor la injusticia que el hambre. Por tanto no hara falta más que la amenaza de que nos quiten el plato de lentejas para que aceptemos una injusticia, aún cometida sobre nosotros mismos.
La calidad de una Democracia no se mide por el poder de decisión de la mayoría sino por la atención y grado de participación que concede a las minorías.
Nos enamoramos de los encantos de un ser sobre el que proyectamos toda perfección imaginable. Pasado ese proceso, nos quedamos junto alguien cuyas imperfecciones nos resultan encantadoras.
“La autoridad auténtica y duradera nace y fluye desde quien la otorga hacia quien la ostenta. Si solo es impuesta por éste a latigazos, no es autoridad sino miedo, y por tanto puede perderse.”
La osadía de ser buena gente precisa de un corazón de gran tamaño, pero no tanto como para albergar orgullo, pues se correría el riesgo de ser persuadido de que uno es un imbécil.
La Felicidad permanente y duradera es un absurdo, cuya persecución nos impide a veces estar atentos y percibir lo único que en realidad existe: Relativamente breves y esporádicas felicidades. Y si tal Felicidad existe, sospecho que no consiste en otra cosa que en la dosificación justa entre llevaderas penas y reparadoras felicidades. En suma, en estar vivo.